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Fue un cuete inocente, dije
Como tantos otros,
¿Para qué tanta cuática?
Si vos también le hací
Oiga amigo, pa`qué tanta cuática
Si es pura naturaleza
Ya poh,
No te pongai así
Puta… pero socio,
Si fue uno solo
Si querí te fumai uno con nosotros
No, si entiendo que es ilegal
¿pero que no es ilegal en este país?
No, si cacho lo de la vía pública,
Lo del ejemplo a menores,
y su uniforme verdoso
Y todo esa gueá
Pero, don cabo
No se ponga así, socio
Ya poh,
Si fue un cuete inocente
Que?,
Que a quien se lo compré?
Por ahí poh … usted sabe
Cada uno aperra con lo suyo no más
Qué?
Que cómo se llama?
No se, no cacho yo
Qué?
Que me suba a qué?
A dónde?
Oiga…
Pero mi cabo,
Ya poh,
Tengo familia… hijos…. ay!!.
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En una fría y oscura habitación, decenas de hombrecitos vestidos de negro escuchaban sentados el discurso de otro hombrecito que permanecía de pie.
De pronto, y en medio de la solemnidad del momento, un ser vestido de alegres tonalidades alzó la voz. Las cabezas de las decenas de hombrecitos se voltearon. No había pedido autorización para hacer uso de la palabra e interrumpía a su líder.
Pero eso no era nada comparado con lo dicho. Contravenía abiertamente al más iluminado de los hombrecitos de negro. A este le subió un calor desde los pies que le paró el pico, le crispó los cuatro pelos del pecho, le produjo afluencia salival, le encendió los ojos y le tornó el cabello de un hermoso color verde botella. Los demás hombrecitos callaron al unísono. Los reflectores iluminaron el rostro del osado ser, el escribano tomó nota de los rasgos del insolente y los presentes lo registraron mentalmente.
Una fría ráfaga le golpeó el rostro y peinó sus desaliñados cabellos.
El ser, a pesar de que sentía arrepentimiento por su intervención, dio un paso adelante. El mandamás de los hombrecitos alzó sus dos brazos apuntando con sus dedos al desafortunado ser, y en lengua desconocida, lanzó una maldición gritona y escalofriante. El colorido ser cayó muerto sobre sus pies. Los hombrecitos sacaron de sus bolsillos negros cucuruchos con dos agujeros y se los pusieron cubriendo sus cabezas.
Se pusieron de pie y caminaron hacia el muerto. Levantaron su cuerpo y caminaron hacia la puerta, perdiéndose tras de ella.
El bacán de los hombrecitos corrió al baño y cagó.
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Una noche, en la primera década del siglo, Acario Cotazos dormía en su cuarto de París. Era una habitación espaciosa y desnuda, en un sótano. Sólo estaban en ella la cama del músico, un velador y una silla. Despertó de pronto al sentir fuertes golpes de combo o de picota detrás de la muralla del lado derecho. Luego los golpes, que hacían retemblar el suelo y la cama, comenzaron a escucharse también detrás de la muralla del lado izquierdo.
Acostado, Acario miraba alternativamente a un lado y otro. Al cabo de un cuarto de hora, observó que en la muralla de la derecha se abría un pequeño agujero, por el que salía un hilillo de tierra. Pronto el hueco creció y comenzaron a caer trozos de mampostería, fragmentos de ladrillo, yeso, madera y argamasa. Similar fenómeno empezó a desarrollarse en la muralla de la izquierda. Absorto, él seguía el avance de este suceso, girando la cabeza en una y otra dirección, como los espectadores de un partido de tenis.
Los golpes se aceleraron. Ahora por los buracos caían ladrillos enteros o bloques de ladrillos, verdaderos escombros, en medio de una nube de polvo. Cuando las toscas perforaciones llegaban casi al tamaño de una puerta, aparecieron simultáneamente por ellas, a uno y otro lado, dos hombres bigotudos y sonrientes, provistos de cascos metálicos, que se saludaron con sonoros “Salut!”. Luego entraron a la habitación y se abrazaron y besaron en las mejillas con grandes manifestaciones de emoción. (más…)
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Pretendes acaso que el destello
candoroso de tus ojos,
El arrojo de tu verbo nefasto,
O la increíble frialdad de tu aliento,
Crearán en mí
siquiera la mínima sensación de aflicción,
O lograrán hacerme sentir impúdica, mundana o
excomulgada?.
Acaso no te hundiste extasiado
en las profundidades de mi sexo,
como un niño clava sus labios en el pezón
que gota a gota le da vida.
Acaso no sentiste, gemiste, lloraste, gritaste y suplicaste
mientras rasgaba tus ropas
por un poco más de placer antes de la retirada.
Acaso no viviste conmigo las escenas de tus sueños
más oscuros e indecorosos de adolescente. (más…)
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El escritor alemán Günter Grass, centro de la polémica el año pasado por sus revelaciones sobre su pertenencia a las Waffen-SS en su juventud, sostuvo en una entrevista recientemente que la negación del pasado “afecta gravemente a la juventud” en referencia al nazismo y al franquismo.
La ausencia de debate por parte de una sociedad sobre su pasado “afecta gravemente a la juventud, porque la juventud no conoce su propia historia”, señaló el premio Nobel de Literatura, en una entrevista con el diario El País.
Consultado respecto del debate en España en torno a la difícil gestación de una ley de memoria histórica para rehabilitar a las víctimas de franquismo.
Esta ley, propuesta por el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero poco después de su elección en 2004, sigue sin ser aprobada y suscita grandes críticas, tanto por parte de asociaciones de víctimas del franquismo, que temen que se entierre el pasado, como de la derecha conservadora que no quiere volver a abrir heridas. “En España también hay cosas comparables (al nazismo). Hubo una ideología muy seductora y muchos jóvenes se dejaron llevar por ella”, subrayó el escritor.
Grass se abstuvo de comparar la Alemania de después del nazismo a la España que surgió tras la muerte de Franco, pero destacó que el “mérito de la posguerra en Alemania fue poner de manifiesto los crímenes”.
“Lo bueno de una derrota, y Alemania vivió una derrota incondicional, es que te hace enfrentar todos los problemas de los vencidos”, concluyó Grass, en la entrevista al diario español.
Archivado en: cuentos cortos | Etiquetas: daltónico., ornitorrinco, pululandia
Diez ornitorrincos pululaban alineados por una céntrica avenida de Pululandia.
Los diez llevaban sendos sombreros para protegerse del quemante sol que abrazaba la ciudad.
Cinco ornitorrincas en minifalda y con poleras salmones, caminaban alineadas en dirección contraria y acercándose a ellos por la céntrica avenida de Pululandia.
El primer ornitorrinco le dijo al segundo, Puta que ricas las ornitorrincas que vienen ahí.
El segundo ornitorrinco dijo al tercero, Puta que ricas las ornitorrincas que vienen ahí.
Y así sucesivamente hasta el número diez.
Este último subrayó: Pero la primera tiene el hocico más grande.
Todos los ornitorrincos rieron al unísono mientras se acercaban a las ornitorrincas.
Pero justo antes de cruzarse, las ornitorrincas cruzaron la calle alineadamente.
Entonces el primer ornitorrinco dijo al segundo: sigámoslas.
Y el segundo dijo al tercero,. Sigámoslas.
Y así, hasta que la propuesta llegó al décimo ornitorrinco.
Entonces éste exclamó: ¡ya!
Al llegar a la esquina de la céntrica avenida de Pululandia, esperaron a que el semáforo diera la luz verde, y luego cruzaron alineadamente.
Los diez ornitorrincos murieron atropellados por una camioneta conducida por un daltónico y ebrio ornitorrinco afuerino.











